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Niños que pegan

Desde que los medios de comunicación se hacen eco de temas educativos (y sobre todo desde que existen programas como “Súper Nany” o “Hermano mayor”) parece que los hijos violentos se han multiplicado y crecen como setas a la sombra de los padres incompetentes. Los consejos son de todo tipo, aunque la mayoría de las miradas del espectador (donde se incluyen televidentes y observadores de escenas familiares discutibles en el bar de la esquina o el supermercado) tienen tintes críticos con vocación de superioridad moral.

Como en todos los casos a analizar, es importante diferenciar cada caso y no tener una opinión generalizada que aplicar a cada una de las familias que pasan por este trance. Que suelen ser todas. Veamos. 

Es raro  y de hecho preocupante por motivos diferentes que un niño llegue a los dos años sin haber levantado la mano a sus amados progenitores

Es raro (de hecho preocupante por motivos diferentes) que un niño llegue a los dos años sin haber levantado la mano (por no decir dientes, piernas u objetos voladores) a sus amados progenitores. Y es importante entender esto como una fase normal en el desarrollo del niño porque si no consejos como “si no lo paras ahora irá a más” empujan a los padres a una respuesta agresiva producto del miedo a tener que llamar en la adolescencia del susodicho a un reality que solvente la situación. Es suficiente en estos casos la firmeza en el “no”, adverbio que ha sido prohibido por alguna corriente educativa por incluir en sí mismo todo el compendio de baja autoestima, negatividad y problemas de identidad como si de un libro de relaciones tóxicas se tratara. Evidentemente es mejor utilizar enunciados en positivo del tipo “es mejor no meter los dedos en el enchufe para no morir electrocutado” o “sería conveniente no hacer el doble salto mortal a la piscina si no sabes nadar correctamente” pero la premura del momento por evitar un desenlace fatal hace que no esté de más el decir “no se pega a mamá” con consistencia, sin agresividad y sin responder con otro bocado o cabezazo ya que lo único que aprende en ese caso es que pegar es legítimo cuando la fuerza está de tu lado.

Hay veces en que ese comportamiento “agresivo”, fruto del afianzamiento del yo (identidad grosso modo) por parte del niño, donde empieza a poner sus propios límites a lo que quiere o no de una manera burda en un principio, se generaliza al contexto escolar. Es imposible terminar el período de infantil sin recibir o propinar alguna que otra caricia mal medida, pero es curioso como en primaria el porcentaje de agresiones disminuye considerablemente; fruto de la maduración y de la capacidad de desarrollar nuevas estrategias sociales para enfrentar el conflicto.

 

La dificultad está en esos niños en los que la tasa de agresividad está muy por encima de la media, o cuando se extiende más allá de infantil. Es importante hacer un abordaje completo de ese tipo de situaciones donde se analice tanto al niño de manera individual (y descartar problemas de impulsividad asociados a trastornos del desarrollo), como al entorno familiar para desarrollar nuevas estrategias de contención dotando a padres, hermanos y al mismo niño de la confianza suficiente para pasar página. 

En cualquier caso, y como decimos en toda situación en la que observamos hijos que no son los nuestros, no hay mayor máxima que la que tiene cientos de años “vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”. Nadie escapa a la prueba del algodón, si no en un aspecto en otro.

A modo de resumen, nada nuevo bajo el sol: respirar hondo varias veces, controlar el propio impulso agresivo y educar en unos valores que le faciliten al niño la socialización.

 

  Elena Lechuga


Psicóloga

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